Día 7
Paris - Francia
Nos levantamos temprano para ir de compras. Fuimos por panes, mortadela, queso, leche y jugo; el mismo desayuno que nos había acompañado durante casi todo el viaje.
La mejestuosa torre Eiffel
También fuimos en busca de una SIM card. Creo que en ese punto Piyin ya estaba totalmente de acuerdo con comprar una, para no seguir perdiéndonos. Al final decidimos adquirir una de 20 euros, con datos ilimitados en Francia y 22 GB para el resto de Europa. Una inversión necesaria.
Después de desayunar salimos rumbo a nuestra primera parada del día: Versalles.
Versalles es conocido por sus enormes jardines, construidos en el siglo XVII por orden del rey Carlos V y su esposa Valentina —según la versión histórica de Piyin—.
No compramos entrada al palacio porque, supuestamente, Piyin ya había venido cinco años atrás y pagado el ingreso, y confiábamos en que nos contaría toda la historia. Spoiler: no pasó.
Aun así, disfrutamos del lugar, caminamos por los jardines y nos tomamos la foto obligatoria para el recuerdo.
Siguiendo el itinerario, la siguiente parada era la Torre Eiffel. Personalmente, no era un sitio que tuviera muchas ganas de conocer, pero estando en París es prácticamente obligatorio.
Parqueamos en una calle cualquiera, cerca de un parque que quedaba a aproximadamente un kilómetro de la torre, y empezamos a caminar mientras la lluvia hacía de las suyas. El ambiente se volvía cada vez más frío.
A medida que nos acercábamos, la multitud aumentaba: vendedores de souvenirs ofreciendo mini torres a un euro, turistas posando frente a ella.
Y entonces lo entendí.
Es bonita. Muy bonita.
Las luces amarillas la hacen ver imponente.
Por recomendación de Sandra, entramos a la parte baja de la torre. No mucha gente sabe que el acceso es gratuito, pasando por un esquema de seguridad.
Eso sí, no es un lugar conveniente para Piyin. Tocaba sacar todo lo que llevábamos en los bolsillos, y aquello parecía un acto de circo. Tenía tantas cosas encima que hasta los de seguridad se rieron.
Ya debajo de la torre, solo se me ocurrió pensar:
—Madre mía —como diría Sandra.
Fue el momento de la foto cliché, bajo la estructura, mirando a la cámara que estaba apoyada en uno de nuestros zapatos.
De regreso a la casa compramos pizza para la comida. Creo que era Domino’s, un sabor conocido: pollo con salami.
Como familia feliz, llegamos, dejamos las maletas en el cuarto y nos sentamos a comer.
París, sin prisa, seguía su curso.