Javi Acero

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Día 6

Auray y Broceliande - Francia

Después de la noche en Brest, muy temprano nos levantamos para alistarnos y salir. En la casa se trabajaba el lunes, así que tocaba partir. Nos despedimos de todos después de un desayuno sencillo con café y pan. Me fui con la alegría de haber vuelto a verla y de poder, al menos, decirle con propiedad: bonjour, ça va.

Un camino hacia Excalibur

Tomamos carretera y lo que no habíamos podido ver el día anterior, por viajar de noche, ahora lo disfrutábamos con calma. El paisaje se abría frente a nosotros y, por fin, podíamos usar bien Spotify. Música de fondo, carretera y ganas de seguir descubriendo.

En el camino hacia Broceliande, Sandra, que iba de copiloto, y yo notamos un pueblo con un pequeño lago y unos barcos detenidos en la orilla. Como no teníamos un plan rígido, dimos la vuelta y buscamos dónde parquear.

El pueblo se llamaba Auray, ubicado en medio del río que lleva su mismo nombre. Lo que iba a ser solo una parada para ir al baño y comprar algo de comer, terminó convirtiéndose en uno de los pueblos más bonitos que vimos en todo el viaje.

Tranquilo, con un mercado en pleno centro y calles tan estrechas que apenas cabe un carro. Ahí entendimos que el viaje iba a ser así: una sucesión de decisiones espontáneas, dejando que las cosas se organizaran solas, incluso horas antes de llegar al destino.

Entramos a un café a pedir el baño y nos encontramos con una chica que hablaba español. Aprovechando la amabilidad, pedimos un croissant de chocolate y uno normal. Desde que llegamos a Francia habíamos intentado comer uno “de verdad”, y ese día por fin lo logramos.

Sin exagerar, fue de los mejores que hemos probado.

Retomamos el camino hacia el parque del que tanto habíamos escuchado, aquel donde nace la historia de Merlín y la famosa espada. Ese relato de infancia en el que quien logra sacar la espada se convierte en el más fuerte del mundo.

Viajamos entre autopistas y pueblitos cuya arquitectura enamoraba con solo pasar.

El parque se llamaba Broceliande. Era enorme, algo así como diez parques Simón Bolívar juntos. Caminos, lagos, casas, puntos de interés… había de todo.

Lamentablemente llegamos a una zona con un lago, y digo “lamentablemente” porque queríamos llegar al lugar exacto donde estaba la espada. Pero el parque era tan grande que había que caminar unos 23 kilómetros para llegar hasta allá.

Eso no pasó, primero porque llegamos tarde —como a las cuatro de la tarde— y segundo, porque simplemente no nos dio.

Empezamos a caminar, entre fotos y un almuerzo improvisado: un sánduche con Coca-Cola y de postre un Danone. Al rato nos dimos cuenta de que teníamos que regresar.

La sorpresa fue darnos cuenta de que, después de casi una hora, solo habíamos caminado unos 500 metros. No lo podíamos creer.

Salimos del parque casi de noche y tomamos rumbo hacia París. El camino se complicó con la lluvia, que empezó a caer con fuerza al anochecer.

Hicimos una parada obligatoria en una gasolinera para cargar combustible y, obviamente, comprar café.

Al llegar a París, lo primero fue dirigirnos a la casa que habíamos rentado. Paramos antes a comer algo y luego sí, llegamos al alojamiento.

El lugar era bonito: dos pisos y unas seis habitaciones. La nuestra tenía una cama matrimonial y una sencilla. En el primer piso estaba la cocina y una mesa pequeña pero acogedora donde podíamos comer.

El anfitrión no hablaba español, ni inglés, ni francés —o al menos ninguno que entendiéramos—, pero entre el traductor del celular y las señas, logramos comunicarnos.

Una vez más, el viaje seguía fluyendo.

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