Javi Acero

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Día 8

Paris y Beauvais- Francia

En nuestro último día en Francia decidimos ir a Montmartre, como cierre antes de entregar el carro. Según las reseñas, era un mirador desde donde se veía todo París, con una iglesia imponente y recuerdos un poco más económicos. Llegamos alrededor de las diez de la mañana, pero el clima no podía estar peor: llovía a cántaros. Tanto, que el plan se redujo a comprar recuerdos y poco más.

¿Cómo es que se dice "beauvais"?

Eso sí, no podía faltar la parada obligatoria por un croissant recomendado por Olga, una amiga parisina que conocí en Colombia, en una playa de Palomino, durante un viaje que hice con mis papás en agosto de 2022. El lugar se llama Mamiche La Boulangerie. Compramos un par de croissants, un pain au chocolat y un éclair. La verdad, no fue lo que esperábamos. Bastante normal. El de Auray seguía siendo, por mucho, el mejor del viaje.

Entregamos el carro bajo un aguacero monumental y nos preparábamos para otra aventura: llegar al otro aeropuerto.

Resulta que París tiene más de un aeropuerto. Nosotros conocimos dos: uno relativamente cerca, al que se puede llegar en metro, y otro que queda bastante a las afueras y al que llegar no es tan sencillo… al menos no para principiantes como nosotros. Habíamos comprado el tiquete hacia Roma desde ese aeropuerto lejano y, solo después, caímos en cuenta de que había sido un error. Pero bueno, como ya sabíamos, este viaje estaría lleno de aprendizajes —por no decir que la cagamos varias veces—.

Preguntamos a varias personas en el aeropuerto y, para sorpresa nuestra, nadie sabía llegar con certeza. Unos decían que había un tren directo, otros que tocaba coger un bus, otros que no estaban seguros. Decidimos entonces regresar a París y desde allí tomar otro tren que nos llevara al aeropuerto correcto.

Fue tanto el nivel de confusión que, cuando pregunté por Beauvais —pronunciado “bufvé”—, nadie entendía. Hasta que mostramos el mapa y la persona respondió exactamente igual: Beauvais, bufvé. Misterio resuelto.

Después de llegar a la estación donde salían varios trenes, dimos varias vueltas tratando de entender dónde comprar los tiquetes. Finalmente logramos subir al tren, con la esperanza de que sí fuera el correcto.

Una hora después, llegamos. No lo podíamos creer. Después de todo el caos y con la mala fama que tienen los parisinos —no todos, claro, pero sí es algo que se siente en comparación con el resto de Francia—, habíamos llegado.

Ingresamos a la sala de embarque y, justo antes de abordar, nos informaron que el avión tenía una falla técnica. Tocaba esperar dos horas más para el siguiente vuelo.

Mientras esperábamos, nos encontramos con un par de colombianos, también de Bogotá. No cruzamos palabra. Cada quien estaba demasiado cansado, demasiado inmerso en su propio viaje.

Francia se despedía así: con lluvia, confusión, paciencia… y una historia más para contar.

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