Día 5
Brest - Francia
Ya pasada la noche, después de una hora y media de vuelo, llegamos a París. Por un pequeño hueco de la ventana, justo antes de aterrizar, se veía iluminada la Torre Eiffel. Desde arriba, la ciudad se siente inmensa, casi inabarcable.
París la ciudad luz
Nuestro siguiente destino sería Brest, una ciudad al oeste de Francia. Para llegar hasta allá alquilamos un carro que debían entregarnos en la Terminal 2 del aeropuerto. Pero, como ya era costumbre, lo intentamos sin internet y solo con los mapas descargados que tenía Piyin.
Caminamos hacia un punto que no existía… o bueno, sí existía, pero implicaba cruzar las pistas de aterrizaje, cosa que claramente no iba a pasar.
Era la segunda vez que el GPS nos llevaba mal. Desde que llegamos insistíamos en comprar una SIM, pero queríamos creernos los valientes, pensar que podíamos movernos así. Y aunque muchas veces funcionó, no todo fue perfecto.
Con un francés medio oxidado —aprendido en Montreal y sin practicar desde hacía más de cuatro años— me animé a preguntar a un señor en la calle:
—Bonjour monsieur, est-ce que vous savez où est la Terminal deux de l’aéroport?
—Oui, vous devez aller à la Terminal un et il y a un train qui vous amène à la Terminal deux.
Con esas indicaciones regresamos, pedimos ayuda de nuevo y tomamos el shuttle train hasta la Terminal 2 para recoger el carro.
Nos demoramos unos veinte minutos buscando la oficina de Budget, la empresa de renta. Casi no logramos sacar el carro por un problema con la tarjeta de crédito de Piyin: no la leía y era la única aceptada para el pago. Después de varios intentos, finalmente lo logramos.
Voilà. Teníamos carro… y un recorrido de casi 1.000 kilómetros por delante.
Primera decisión: ir a ver la Torre Eiffel con poca gente antes de que la apagaran a las 12 de la noche. Ese dato lo dio Sandra, y menos mal. Llegamos a las 11:30 p. m. y logramos unas tomas rápidas.
Lo mejor fue dar vueltas alrededor del Arco del Triunfo unas veinte veces, grabando videos. Ese se convirtió en un hito del viaje: llegar a los sitios turísticos de madrugada para encontrarlos vacíos.
Después, una parada obligatoria: el McDonald’s más caro en el que he comido en mi vida. Aproximadamente 150.000 pesos colombianos por tres hamburguesas, papas y gaseosa.
Con el estómago lleno, ahora sí, arrancamos rumbo a Brest. Siete horas de carretera nos separaban de reencontrarnos con una gran amiga de mi época universitaria: Agathe.
Agathe fue, probablemente, la primera francesa que conocí en mi vida. Con ella y tres mexicanas compartí una de las mejores etapas de la universidad, viviendo en una casa medio improvisada en Chapinero, cerca a la estación Flores.
Llegué con dos maletas y unas cobijas. Compartíamos idiomas, acentos y culturas, y desde ahí nació mi interés real por el francés. Por eso tomé clases y viajé a Montreal intentando reforzarlo.
Hicimos dos paradas en el camino.
La primera, para comprar comida y averiguar cómo funcionaban los peajes. En una caseta nos habían dado un tiquete y nos dejaron pasar sin pagar, lo cual nos pareció raro. El señor de la tienda, muy amable, nos explicó que los peajes se pagan más adelante, así que no nos preocupáramos.
Durante el trayecto veíamos luces que parecían rayos cayendo del cielo, hasta que entendimos que eran flashes de cámaras de velocidad. Esperamos que no nos lleguen esas multas, porque si no, quedamos endeudados por varios años.
La segunda parada fue ya en Brest, en el punto que Agathe nos había indicado: Les Capucins.
Llegamos a las 7 a. m. El frío era brutal. No había ni una tienda abierta; el pueblo se sentía completamente vacío. Esperamos un rato, encontramos un punto con internet y le escribí. Nos dijo que había trasnochado un poco, así que decidimos ir a un McDonald’s a desayunar mientras tanto.
Después de un rato apareció. Fue un gusto enorme verla: la misma energía, la misma alegría.
Nos presentamos y, por una coincidencia absurda, llevaba puesta la misma chaqueta amarilla que Sandra. Motivo de burla durante todo el día.
Dejamos nuestro carro en el McDonald’s y nos subimos al del novio: un Volkswagen Jetta blanco, muy parecido al que tengo en Colombia.
Nos llevó a conocer uno de los faros de la región de Bretagne, una zona cargada de historia militar y episodios de la Segunda Guerra Mundial.
Frente a nosotros estaba el Canal de la Mancha, que separa Francia de Inglaterra. La vista era impresionante: acantilados enormes, el mar golpeando las rocas y ese tono gris tan característico del lugar.
De repente empezó a llover durísimo. Tuvimos que refugiarnos en unas ruinas que no cubrían mucho, así que mejor regresamos al carro para buscar comida.
La siguiente parada fue un restaurante frente al mar, con una playa completamente vacía. Allí almorzamos. Nos atendió una chica de Moldavia.
Le dijimos a Sandra que pidiera, pero le dio pena; más tarde se animó para preguntar por el baño y pagar toda la cuenta. Cada uno se comió un crêpe y otro plato típico de la región.
Uno de los planes de Agathe era meternos al mar. Sí, al mar más frío al que me he metido en la vida, comparable con una laguna en Boyacá.
Sin pensarlo mucho, nos quitamos los zapatos y entramos. La primera reacción fue un unánime:
—¡Jijuemadre, qué frío!
Nos quedamos apenas cinco minutos antes de salir corriendo.
La última parada fue en el centro, en una antigua construcción donde se fabricaban barcos de guerra, hoy convertida en un espacio para compartir en familia. Allí descansamos jugando Spot It.
Luego caminamos por el malecón, pasando por el teleférico, con vista a la armada francesa, que —según nos contaban— alberga armamento nuclear.
Terminamos el día con cervezas en un bar típico de Bretagne, bailando música tradicional con acordeón, dos cantantes y muchos abuelitos.
Regresamos por el carro y fuimos a la casa de Agathe para conocer a su hermana, su novio y sus dos gaticos. Jugamos juegos de mesa y, en la noche, su hermana nos preparó una torta de queso y alcachofas.
Otra primera vez: comer alcachofas al estilo francés.