Javi Acero

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Día 4

La Garriga - Catalunya

Era el día de conocer el “pequeño” pueblo donde trabaja la tía.

La Garriga, el "pequeño pueblo"

Para dar un poco de contexto: la tía Teresa, desde sus veinte años, ha tenido una inclinación natural por el servicio a los demás. Desde muy joven acompañó y cuidó a los abuelos en sus momentos más difíciles. En algún punto de su vida decidió ingresar a la vocación de servir como monja, un camino que ya lleva más de treinta años recorriendo. Una labor con poca paga —como ella misma dice—, pero con el corazón lleno. Porque, a veces, el dinero no es tan importante cuando uno está bien rodeado.

Durante muchos años trabajó en Bogotá. Luego, por esas vueltas inesperadas del destino, terminó en Medellín enseñando en un colegio de primaria. Después de quince años, una de las madres de la congregación, muy cercana a ella, le pidió casi de manera insistente que se fuera para Barcelona. Aceptó con miedo, pero con convicción. Desde hace tres años sirve en la Casa de La Garriga.

Ahora sí, llegó el momento.

Nos levantamos un poco más tarde de lo normal; el día anterior habíamos caminado sin descanso. Iniciamos nuestra rutina con el desayuno preparado —adivinen por quién—. Sí, por la hermana Ana María: pan con jamón y queso, café caliente. Antes de salir nos tomamos un par de fotos, porque ese momento no podía faltar.

Salimos hacia el metro rumbo a la estación de Plaça Catalunya, para luego tomar el tren que nos llevaría a La Garriga. El tren se demoró un poco y ya íbamos algo justos de tiempo, porque debíamos estar de regreso antes de las cinco de la tarde para ir al aeropuerto.

Durante el trayecto empezamos a ver otra cara de Cataluña: zonas más rurales, pueblos coloridos, no tan pequeños como imaginábamos. Al llegar, lo primero que vimos fue el letrero del pueblo y, contrario a lo que la tía nos había dicho, La Garriga no era nada pequeña. Más bien, nos pareció inmensa.

Nuestra primera parada fue la casa de retiro donde ella trabajaba. Los abuelitos la recibieron con un cariño que se sentía genuino. Nos presentó, uno a uno, a tal vez cuarenta de ellos. Y ahí estábamos nosotros, repitiendo el mismo ritual: “mucho gusto”, “encantado”, “hola”.

—Me llamo Javiére —me cambié el nombre a un nombre italiano—, Viviana (aunque se llama Sandra) y Piyin.

Mientras tanto, mi mente intentaba imaginar las historias de cada uno. Pensaba en la vida, en lo que realmente importa. Al final, la vida se trata de eso: de coleccionar momentos, sentimientos, de intentar ser feliz, incluso cuando la vida sorprende más de la cuenta.

Mientras descansábamos un poco en una habitación de la casa, la tía nos preparaba arroz para salir a conocer el pueblo. Tuvimos la suerte de llegar un sábado, justo cuando La Garriga se transforma en mercado. Las calles se llenan de comerciantes: comida, ropa, frutas, verduras.

Caminábamos mientras la tía nos contaba fragmentos de su infancia y de su experiencia viviendo en ese rincón del mundo. Con algo de nostalgia nos confesó que sí, que extraña el país y que espera regresar lo más pronto posible.

El pueblo no es tan pequeño como ella insiste en decir. Tiene un estilo tradicional mezclado con toques modernos, atravesado por un río con pequeñas cascadas. Caminamos cerca de una hora, rodeados de frutas y verduras que no solemos ver en Colombia, hasta regresar nuevamente a la casa.

Allí nos esperaban la hermana Rocío y la hermana Remigia con el almuerzo listo.

Empezamos con una ensalada sencilla: lechuga, tomate, espárragos, unos batines blancos y aceitunas con hueso. Estas últimas no nos gustaban ni a Sandra ni a mí, así que, cuando las hermanas se distraían, se las pasábamos discretamente a Piyin.

Fueron 27 aceitunas. Sí, veintisiete. Récord absoluto en su vida. Y todo porque en la mesa no se deja comida. Literalmente, comida que aparece sin dueño… él se la come.

El plato fuerte fue arroz, pollo y papa. Algo muy de nuestro país. Si me pidieran describir Colombia con un sabor, sin duda diría: el arroz.

Ese arroz que preparó la tía me devolvió a Bogotá, a los domingos en casa con mis papás. El aroma, el sabor, las proporciones exactas. Tan bueno que repetí una y otra vez, como si estuviera en casa.

Con el estómago lleno y la bendición de la tía —en plena vía del tren que nos llevaría de regreso a Barcelona— nos despedimos de La Garriga, con la garriga llena, uno de los tantos chistes que salieron ese día.

Al regresar por nuestras maletas, la hermana Ana María nos ayudó con el transporte. La hermana Nancy, una monja colombiana de Istmina, Chocó, maneja carro en Barcelona desde hace tiempo y nos llevó como toda una experta. Creo que aprendió a manejar en alguna calle de Medellín, porque en media hora ya estábamos frente al aeropuerto de El Prat.

Allí solo fue cuestión de esperar. El abordaje fue rápido, rumbo a nuestro siguiente destino, aunque con un pequeño inconveniente: la maleta de Sandra no pasó las medidas y tocó pagar un extra para poder viajar.

Punto negativo para los catalanes.

Ahora sí, París nos espera.

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