Día 2
Barcelona
Madrid fue el primer destino, aunque solo de paso. Teníamos un tren que nos llevaría a Barcelona, donde nos esperaba la tía Teresa, una religiosa que ha dedicado su vida a servir a la sociedad, desde niños hasta personas de edad. Aun así, aprovechamos el tiempo en la capital.
Caminamos durante casi tres horas y visitamos uno de los íconos más representativos de Madrid: la Puerta de Alcalá. El monumento es espectacular, pero de noche, cuando no hay casi nadie alrededor, se aprecia en todo su esplendor. Fue una de esas caminatas silenciosas que se disfrutan más de lo esperado.
Barcelona con la tía Tere
Tres horas después llegamos a nuestro primer gran destino: Barcelona. Nos recibió con un clima frío, pero apenas quince minutos después ya nos estaba esperando la tía Teresa, con una maleta pequeña, lista para acompañarnos durante los tres días que estaríamos allí.
Llegamos a la casa donde nos quedaríamos: un edificio enorme donde residían adultos mayores. Allí nos esperaban la hermana Ana María, Jenny —una boliviana— y la hermana Nancy. Nos recibieron con mucha amabilidad, con un desayuno tranquilo de pan, café y fruta.
Nos asignaron habitaciones con baño privado. La verdad, no pudimos estar mejor atendidos.
La mañana se nos fue entre organizarnos y prepararnos para salir. Cerca del mediodía comenzamos a recorrer la ciudad, caminando por calles marcadas por la arquitectura de Gaudí. Fue un día exigente: caminamos mucho, visitamos iglesias, pasadizos de piedra, llegamos hasta la zona de la playa y, como no podía faltar, cerramos con un helado y un atardecer espectacular.
Queríamos conocer la playa de la Barceloneta, así que seguimos el mapa que había descargado Piyin. Sin internet, confiamos plenamente… y sí, llegamos, pero a los ferris de Barcelona. Sin pena, Piyin aceptó que fue un pequeño error. Ese desvío nos costó no llegar a la playa, pero no pasó nada. La frase del paseo fue clara: que las cosas fluyan.
En la noche, la hermana Ana María nos esperaba con una cena sencilla: salami, queso y fruta. Ese primer día también conocimos su gran sentido del humor; no paró de hacerme chistes.
Cerramos la jornada con unos tragos “benditos”, directo desde la casa, y la sensación de estar exactamente donde teníamos que estar.