Día 38
Segovia- España
Nos levantamos temprano porque teníamos un viaje en tren. Era uno de esos trenes de alta velocidad que hacen que las distancias pierdan sentido. En poco más de una hora habíamos recorrido más de 300 kilómetros.
La ciudad del cochinillo
Algo así debería existir en todo el mundo.
Segovia es una ciudad pequeña, pero cargada de historia. Aún conserva construcciones romanas, como su imponente acueducto, que atraviesa la ciudad recordando que ahí el tiempo no pasa de la misma forma que en otros lugares.
Caminar bajo esas piedras es entender la escala real de lo que dejaron los romanos.
Pero Segovia no es solo historia. En ese pueblo pequeño hay una joya de la cocina: el cochinillo. Una especie de lechona, pero al estilo español, con la piel crujiente y la carne suave.
Intentamos quedarnos para pedir uno, pero el tiempo ya no nos daba. Intentamos en varios sitios; incluso uno tenía una estrella Michelin, pero nos quedaríamos con las ganas porque la espera era de más de dos horas.
Alrededor de él giran también los embutidos, los vinos y esos pequeños detalles gastronómicos que hacen que la visita se quede grabada más por el sabor que por la foto.