Javi Acero

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Día 12

Pisa, Passo Oscuro- Italia

Después de una manejada pesada y con mucho sueño, llegamos a Pisa, una ciudad pequeña donde se encuentra la famosa Torre Inclinada.

26 horas antes del vuelo

Como ya era costumbre en varios monumentos del viaje, llegamos muy temprano, en la madrugada, para poder tomar nuestra típica foto grupal.

Para este punto del recorrido, nuestros rostros lo decían todo: ojeras profundas, pasos lentos y pocas palabras. Aun así, hicimos algunas tomas, fotos panorámicas y, sin demorarnos mucho, emprendimos camino de regreso a Roma.

Ya en Roma, fuimos a visitar el Vaticano, pero había tanta gente que apenas logramos verlo desde lejos: una ciudad amurallada, rodeada de policías y abarrotada de turistas.

Por coincidencia, encontramos una pizzería que habíamos visto la noche anterior. Se llama Alice y, sin exagerar, fue una de las mejores pizzas que he comido.

Luego fuimos hasta el parqueadero para entregar el carro. La atención fue buena y rápida. Un vehículo de la compañía nos llevó al aeropuerto y, antes de abordar, tuvimos que tomarnos las bebidas que nos quedaban: dos cervezas y una botella de agua.

Así que sacamos nuestra mejor versión del barrio, hicimos fondo blanco y pasamos por seguridad.

Lo que vino después, aunque hoy suene chistoso, nos costó un montón de dinero.

Al intentar pasar seguridad para abordar, nuestros pasabordos mostraban el mensaje “too early to board”. Algo extraño, porque según nosotros, el vuelo salía en dos horas.

En medio de la confusión, Sandra me tomó del brazo y me llevó detrás del policía al que Piyin le estaba preguntando por el error. Me mostró el tiquete y luego la fecha… y ahí cayó todo.

Sí: habíamos llegado 26 horas antes del vuelo.

No podíamos creerlo. Con toda la organización que habíamos tenido, ese detalle se nos había escapado por completo.

A mí me dio un ataque de risa tan fuerte que terminé con dolor de estómago, mientras Piyin seguía hablando con el policía. En un momento, ya sin vernos cerca, le dice en inglés:

—Me and my friends.

El policía lo miró y respondió:

—Which friends?

Desde ese instante nació Piyin, el esquizofrénico.

Ya eran horas de la tarde y no habíamos almorzado, así que el desespero empezó a aparecer. Llamamos a la empresa de renta de carros para ver si nos dejaban usar el vehículo, ya que todavía nos quedaba un día de contrato, pero la persona que nos atendió no quiso ayudarnos.

Decidimos entonces volver físicamente a la oficina e intentar recuperar el carro que habíamos entregado dos horas antes, pero fue imposible.

La única solución que nos ofrecieron fue alquilar otro carro, con la condición de pagar sí o sí todo el seguro, lo que incrementaba el costo en 300 mil pesos colombianos.

Minutos antes, una pareja de señores ya mayores estaba discutiendo con la mujer que nos atendía. Alegaban que no iban a pagar un seguro que ya habían contratado y que no pensaban hacerlo de nuevo con la factura que les estaba saliendo.

Después de unos 30 minutos de discusión, los señores lograron tener la razón y no pagaron absolutamente nada.

En medio de ese proceso, un hombre se nos acercó para pedirnos que lo lleváramos hasta Roma. Hablaba cuatro idiomas perfectamente, entre ellos español, con el cual logramos comunicarnos sin problema.

Era un tipo extraño; muy amable, pero aun así no pudimos ayudarle. Finalmente, fueron los señores quienes aceptaron llevarlo.

Esperemos que no haya sido ningún ladrón.

Regresamos al aeropuerto más aburridos que nunca. Seguimos buscando opciones y, con otra compañía que estaba dentro del aeropuerto, conseguimos un carro por apenas 15 dólares.

Ahora la pregunta era: ¿dónde íbamos a quedarnos?

Buscamos varios lugares, pero todos quedaban a unas tres horas de distancia y, aunque quisiéramos, al día siguiente teníamos que entregar el carro temprano.

Fue entonces cuando Sandra encontró una pequeña playa, a unos 20 minutos del aeropuerto. El lugar se llamaba Passo Oscuro. El nombre no nos daba mucha confianza, pero conseguimos un buen Airbnb y tomamos ruta.

Al llegar, empezamos a ver un paisaje muy caribeño, al estilo samario: casas pequeñas, calles tranquilas y un atardecer que, minuto a minuto, se iba tornando más naranja.

Aceleramos para parquear en medio de una calle y bajamos directo a la playa. Era una playa gigante, casi vacía.

Nos sentamos frente al mar, nos tomamos una cerveza y sacamos algunas fotos a contraluz. Fue uno de los mejores atardeceres del viaje.

Nos transmitió tanta tranquilidad que no quisimos movernos hasta que el sol se escondió por completo.

Luego fuimos al apartamento, nos alistamos y salimos a buscar algo de comer. Terminamos en un restaurante turco, donde pedimos unos kebabs.

En la tienda del pueblo compartíamos espacio con los locales, y así terminó una de las mejores tardes del viaje: buena comida, un descanso necesario y el cuerpo casi rendido después de manejar más de 10 horas y soportar todo el trajín del aeropuerto.

Pero ahí estábamos una vez más, sumando otra aventura para contar.

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