Día 11
Zillertal- Austria
Después de haber visto varios videos, encontramos un lugar que parecía salido de una película: un puente “colgante” que apuntaba directamente a una represa gigante, ubicado en Zillertal, Austria.
Una gran represa
Revisamos el recorrido y el tiempo estimado era de tres horas y media, así que empezamos a alistarnos para dejar uno de los mejores alojamientos en los que nos quedamos durante el viaje. Maletas listas y arrancamos.
Comenzamos con buen ritmo, pero hubo un momento en el que el mapa no bajaba de las tres horas. Algo extraño, pero aun así seguimos en ruta, hasta que llegamos a un punto donde el tráfico era tan pesado que el mapa se veía completamente rojo durante varios kilómetros.
El viaje se volvió agotador, aunque las montañas cubiertas de nieve ayudaban a hacerlo más llevadero. El paisaje ya empezaba a tomar un tinte completamente distinto a todo lo que habíamos visto antes.
Terminamos demorándonos más de cuatro horas. Llegamos un poco tarde a la primera entrada: eran las 4:00 p. m. y tocaba pagar para poder transitar. Además, había que esperar a que un semáforo se pusiera en verde, ya que la subida solo se permitía vehículo por vehículo.
Cuando fue nuestro turno, empezamos a atravesar túneles rústicos, curvas muy cerradas y una subida eterna en primera.
A lo lejos apareció la represa. Incluso desde ahí se veía enorme, pero a medida que nos acercábamos se volvía aún más impresionante, tanto por su altura como por su ancho.
Al llegar al parqueadero, preguntamos en un café —que ya estaba casi cerrando— si el parque seguía abierto. En un inglés que apenas se entendía nos dijeron que era muy tarde y que la subida y bajada tomaban alrededor de cuatro horas.
Eso nos desanimó bastante.
Aun así, recorrimos la represa desde arriba: a un lado, un abismo de casi un kilómetro; al otro, un lago inmenso de color azul turquesa. Solo eso ya valía la pena.
Cuando terminamos el recorrido, intentamos buscar el camino hacia el puente. Por confiar en lo que nos habían dicho, no lo subimos, pero luego nos dimos cuenta de que sí era posible: el trayecto era apenas de una hora subiendo y otra bajando.
Para ese momento ya nos estaba cogiendo la noche y, siendo honestos, nos dio miedo resbalarnos o caernos en el regreso.
Nos quedamos con la satisfacción de las vistas, las fotos y la experiencia.
A las 7:00 p. m. emprendimos el regreso, porque nos esperaba un viaje de siete horas hasta Pisa, y de ahí tomar el vuelo que nos llevaría a Estambul.