Javi Acero

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Día 13

Passo Oscuro- Italia Estambul - Turquía

Iniciamos la mañana buscando una panadería, algo rápido para compartir un café en la playa. Encontramos un sitio pequeño que vendía algo de pastelería y compramos algunos postres.

Una ciudad de contrastes

Regresamos a la casa, preparamos los cafés y, con el pocillo en la mano, nos sentamos de nuevo en la arena, frente al mar infinito, viendo pasar los aviones que salían y llegaban.

Estuvimos poco tiempo en la playa; no queríamos que se repitiera la historia de perder un vuelo. Así que nos arreglamos y tomamos ruta hacia el aeropuerto, que quedaba a aproximadamente una hora.

Esta vez sí, en el aeropuerto nos esperaba un vuelo de dos horas con destino a Estambul, el primer país asiático que conoceríamos los tres.

Llegamos a Estambul alrededor de las 7:00 p. m. Desde el primer momento supimos que no sería fácil. Nos recibió un atardecer cargado de tonos naranjas, con decenas de aviones alineados en pista, pero la sensación era distinta, más intensa.

Al no ser un país perteneciente a la Unión Europea, debíamos pasar por migración. Fueron casi dos horas de espera. Durante la fila nos separaron, aunque el proceso fue tranquilo. Los oficiales ya tenían otro aspecto: más rudos, morenos, con una presencia que imponía respeto.

Aquí también alquilamos carro, pero teníamos un problema grande: no teníamos internet. Intentamos conectarnos al wifi del aeropuerto, pero pedían todos los datos personales y solo daban 30 minutos de acceso, tiempo justo para contactar a la compañía de renta.

Después de media hora de espera nos dirigimos a una puerta indicada. En un lugar con poca gente, apareció un carro al estilo Rápidos y Furiosos, frenando fuerte y zigzagueando. En turco entendimos que buscaban a Carlos. Sin más, recogieron las maletas y salimos del aeropuerto rápidamente.

La ciudad se sentía fría, oscura y un poco ruda. Calles con huecos, algo sucia, inmensa. Estambul se sentía enorme.

Mientras avanzábamos por calles oscuras, le decía a Piyin que tocaba estar muy atentos: había una guerra relativamente cerca —Palestina e Israel— y en ese momento la situación estaba tensa. En tono de chiste le decía que seguramente había carrotanques en la ciudad, aprovechando que él no veía mucho.

En realidad, era un camión parqueado que, luego de volver a verlo, se dio cuenta de que era un camión de construcción que él había confundido con un carrotanque.

Cuando llegamos a la empresa de renta, nos encontramos con algo que no esperábamos: era un parqueadero, no una oficina. La desconfianza fue inmediata. No nos dejaron bajar las maletas y sentimos miedo.

Dos hombres con barba, muy al estilo Medio Oriente, nos hicieron pasar. No había muchas opciones.

Dentro, todo era extraño. No hablaban inglés, así que la comunicación era difícil. Entregamos los documentos para el alquiler y, en un momento, nos pidieron el código de seguridad de la tarjeta, algo que claramente nos negamos a dar.

Empezaron a hablar entre ellos en turco y, usando el traductor, entendimos que nos trataban mal y pensaban que éramos ladrones.

Nuestra reacción fue clara: cancelar el contrato e irnos. Fue ahí cuando aceptaron los términos normales y finalmente pasaron la tarjeta sin problema.

Nos entregaron el carro: un Renault pequeño, rojo, con una mala sorpresa: solo tenía una raya de gasolina. Tocaba buscar estación de servicio de inmediato.

A un par de cuadras encontramos una. La carga de gasolina era asistida. Intentamos preguntar por wifi, pero no entendían.

Al pagar, logré hablar un poco en inglés con uno de los chicos, muy amable, que incluso intentó darnos indicaciones para tomar la ruta hacia Göreme. Eso nos devolvió algo de confianza.

Aun así, la ciudad seguía dándonos miedo.

Buscamos un McDonald’s esperando encontrar internet, pero con mala suerte: en Turquía el wifi público está restringido. Pedimos hamburguesas para comer algo y preguntamos a un local por la ruta a Capadocia. Nos miró confundido y dijo que no sabía dónde quedaba Capadocia.

Después de mucho tiempo y bastante desorientados, logramos finalmente tomar la ruta correcta.

Al salir de la ciudad, la sensación fue aún más extraña: autopistas de siete carriles completamente vacías, camiones enormes que parecían transportar militares, un silencio raro.

Entre bomba y bomba —literalmente— encontramos un sitio con wifi. Bastó ese momento para comprar una eSIM y, por fin, empezar a movernos con algo más de tranquilidad por el país.

Eso sí, aún teníamos los mapas descargados por Piyin. Sí, esos mismos que nos habían hecho perder dos veces. Esta vez, sin embargo, nos ayudaron a tomar la ruta correcta.

La idea era manejar cinco horas él y cinco horas yo, mientras el otro dormía para descansar.

Después de seis horas, Piyin me despierta mientras Sandra dormía:

—Javi, maneje, le toca.

Yo tomo el carro y, en una de las conversaciones, me dice en tono bajo:

—Parce, me dormí por un minuto. Casi dormimos todos sin despertar.

Desde ese momento, todas las manejadas iban a tener tiempos de descanso y no más de tres horas seguidas.

Aunque el episodio después nos causó mucha risa, en nuestros momentos de descanso nos dimos cuenta de que no podíamos arriesgarnos más.

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