Día 9
Roma, Florencia, Trento - Italia
Llegamos de madrugada a Roma, al aeropuerto Fiumicino. Allí también tendríamos un carro rentado. Fuimos al punto donde nos recogerían para llevarnos al lugar donde estaba parqueado y fue ahí donde apareció Marco, el encargado. Marco enamoró inmediatamente a Sandra y a Piyin… y todavía no entiendo muy bien por qué. No era para tanto. Solo por tener brazos grandes, ojos bonitos y un carisma arrollador. Insisto: no era para tanto.
¿Visitar Roma en la madrugada? ¡Qué buena decisión!
Después de una noche sin comer, lo primero que hicimos fue buscar un McDonald’s. Por suerte, había sido una constante en todos los países y siempre cerca de donde estábamos. Un par de hamburguesas después, estábamos listos para recorrer más de dos mil kilómetros en solo cuatro días.
Iniciamos en Roma visitando el Coliseo. En la madrugada todo se siente más icónico: sin gente, sin ruido, solo la estructura y nosotros. Tomamos fotos de todas las maneras posibles y pasamos casi dos horas disfrutándolo como niños. Compramos un par de cosas para el camino y arrancamos.
Manejé las primeras cuatro horas hasta hacer una pausa y cambiar de conductor. Al igual que en Francia, decidimos parar en algún punto del mapa, sin demasiada planificación. Así llegamos a Florencia, donde la idea era desayunar. Mis primeras impresiones fueron las de un pueblo antiguo, con calles estrechas y conductores sin prudencia, algo que pronto entenderíamos como normal en Italia.
Duramos un buen rato buscando desayuno y, desafortunadamente, no lo logramos. Terminamos pidiendo solo un café y comiendo un pan que llevábamos. En Florencia estuvimos no más de dos horas y luego Piyin tomó el volante para el siguiente tramo.
Con el cansancio acumulado me quedé dormido, hasta que empezaron a llamarme para que mirara los paisajes. Recuerdo abrir los ojos y ver una montaña enorme, con cascadas cayendo desde muchos puntos. La estadía de esa noche la decidimos apenas tres horas antes. Encontramos un apartamento a una hora de donde estábamos, en un pueblo llamado Trentino.
Por más que quisiéramos distraernos con el celular o cualquier otra cosa, las vistas eran impresionantes. Fue ahí cuando entendí un poco más eso de vivir el presente.
Al llegar, me quedé en el carro mientras ellos revisaban el lugar. Cuando regresaron, por la cara que traían, pensé que era el peor sitio que habíamos alquilado. Igual, eso no iba a impedirme descansar. Fuimos a parquear el carro y salimos a buscar algo de comer. Terminamos en un lugar de kebab y pizzas al estilo Estambul —nos íbamos preparando para nuestro próximo país—. El señor que nos atendió fue tan amable que terminamos compartiendo un panini, una pizza y más de lo planeado. Todo estaba buenísimo.
Volvimos al apartamento a dejar las maletas y ahí vino la sorpresa: el lugar era espectacular. Todo estaba perfectamente cuidado, los detalles de la decoración, el baño enorme, una cama de aire, televisor… mejor dicho, tenía todo lo necesario y un poco más, lo justo para sentirnos como en casa.
Por recomendación de Samy, amiga de Piyin y Sandra, descargamos una app llamada Too Good To Go, que permite comprar comida que los supermercados no quieren desperdiciar, a precios muy bajos. Compramos una “bolsa sorpresa” de un supermercado a unos tres kilómetros. Antes de ir por ella, pasamos al súper a comprar cosas para el día siguiente: quesos, pan, longaniza, jugos y leche.
Cuando llegamos a recoger la bolsa sorpresa, nos entregaron una que pesaba bastante. Al hacer el unboxing, no podíamos creer lo que había dentro: un pollo asado, ensalada de atún, queso mozzarella… todo por 5 euros.
Italia apenas comenzaba, y ya prometía.