Javi Acero

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Día 34 y Día 35

Toledo - España

Este viaje tenía otro propósito, uno que iba más allá de los lugares y las fotos: visitar a un gran amigo de la infancia, Christian Borja, conocido en el barrio como Papa.

El encuentro con Papino

Se fue muy joven, alrededor de los diecisiete años, pero nunca se fue del todo. A pesar del tiempo y la distancia, siempre mantuvo comunicación con nosotros, así que esta visita no podía desaprovecharse.

Quedamos de vernos en Valdemoro, un pequeño pueblo al sur de Madrid, cerca de la empresa donde tenía que trabajar ese día. Él vive más al norte, en el País Vasco, pero coincidentalmente le tocó ir cerca de Madrid, así que no había excusa.

Fuimos a una ciudad típica: Toledo. Él llevó su carro y eso hizo todo más fácil. El viaje duró unas tres horas, pero con él el tiempo se pasa rápido. Hablamos sin parar, de la vida, de lo que nos ha ido pasando y de ese gusto compartido por muchas cosas que, con los años, siguen intactas.

Al llegar dejamos el carro en un parqueadero público; en realidad, era en la calle, y pagamos los días que estuvimos allí.

Andar por Toledo, especialmente por el centro, no es sencillo, así que tocó caminar cerca de un kilómetro hasta llegar. Valió la pena.

Toledo conserva una mezcla poderosa de arquitectura árabe y española: calles empedradas, historia en cada esquina y un trazado que parece un laberinto. Más tarde entenderíamos todo lo que había vivido esa ciudad, todas las invasiones que la habían moldeado.

La comida corrió por cuenta de Papa: patatas bravas y una paella que no podía faltar.

Mis amigos estaban encantados con él, y no era difícil entender por qué. Tiene esa energía de niño que hace todo más liviano.

Y dice Piyin que estaba más bueno que el pan.

En la noche jugamos póker, escuchamos música y nos tomamos un par de cervezas. No hubo prisa ni planes estrictos.

Solo amigos, tiempo compartido y la certeza de que algunas amistades no se desgastan, sin importar cuántos años pasen ni cuántos países se interpongan.


La histórica Toledo

Toledo es una ciudad cargada de historia. Fue una de las principales puertas de entrada de la invasión musulmana en la península ibérica en el siglo VIII, pero también un territorio de resistencia prolongada.

Durante siglos fue disputada, conquistada y reconquistada, pasando por manos visigodas, musulmanas y cristianas. Esa superposición de épocas no solo se cuenta en los libros: se ve.

Caminar por Toledo es recorrer capas de tiempo. En muchos puntos se pueden identificar más de tres niveles de arquitectura: cimientos romanos, estructuras árabes y edificaciones cristianas levantadas unas sobre otras.

Es una ciudad donde literalmente se construyó encima de la historia anterior, dejando un entramado urbano que parece un laberinto, con calles estrechas, empedradas y llenas de giros inesperados.

Cada esquina tiene algo que decir.

Durante el día entramos a varios museos y diferentes iglesias. Caminamos sin descanso, dejándonos llevar por la ciudad, subiendo y bajando calles que parecían no terminar nunca.

Toledo exige piernas, pero recompensa con carácter.

En la noche hicimos un tour guiado de fantasmas. La idea sonaba mejor de lo que fue. Resultó un poco decepcionante, pero al menos nos dejó algo de qué reírnos y otra historia más para sumar al viaje.

Para cerrar el día, la comida fue improvisada. Compramos pizza congelada y tratamos de cocinarla en pailas, porque sí… no fuimos lo suficientemente hábiles para revisar si había horno.

No quedó perfecta, pero después de tantas caminatas y risas, tampoco importaba demasiado.

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