Javi Acero

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Día 16 y Día 17

Estambul - Turquía

Nuestra siguiente parada fue en un barrio completamente abandonado. Se trataba de un conjunto surrealista de castillos al estilo Disney llamado Burj Al Babas.

Regresamos a la ciudad del caos

Eran muchísimos, diría que más de 500 castillos, todos iguales y todos abandonados. Uno no podía evitar imaginar que habían sido pensados para gente muy rica de Estambul, con gustos excéntricos y proyectos que nunca llegaron a cumplirse.

Sacamos el dron y tomamos algunas imágenes. El resultado fue perfecto para el momento: tonos grises, cielos apagados y una atmósfera que hacía ver el lugar aún más fantasmagórico.

Después de eso nos quedaban dos horas más de carretera, que terminaron convirtiéndose en cuatro por un trancón eterno. El hotel quedaba al norte de la ciudad, nosotros veníamos desde el sur y atravesar Estambul fue largo, pero revelador.

En ese recorrido cruzamos de un continente a otro: Asia y Europa, separados por el Bósforo.

De un lado, la parte europea, con edificios altos y modernos, luces y una sensación de ciudad financiera. Del otro, la parte asiática, con mezquitas, calles más densas y una historia árabe que se siente en cada esquina.

Dos mundos completamente distintos conviviendo en una sola ciudad.

Llegamos al hotel alrededor de las 2:00 p. m. y descansamos un poco. Más tarde salimos hacia el centro para conocer el Gran Bazar y el Bazar de las Especias.

Este último olía delicioso, una mezcla intensa de condimentos, dulces y té. El Gran Bazar, en cambio, se sentía más como un Sanandresito de Estambul: muchísima gente, pasillos interminables y una gran cantidad de productos que, curiosamente, parecían chinos.

De regreso al hotel pasamos por un supermercado y compramos algo sencillo para comer: jugos, pan y lo básico para hacer unos sándwiches.

Nada sofisticado, pero justo lo que necesitábamos después de tantos kilómetros y tantas historias acumuladas.


Las grandes mezquitas

El día estuvo marcado por las mezquitas. La Gran Mezquita Azul y Santa Sofía se alzaban imponentes, casi irreales.

Desde lo alto, el dron me permitió verlas como pocas veces se ven: simétricas, silenciosas, majestuosas. Las tomas parecían sacadas de una película. Dos maravillas que, incluso a la distancia, imponían respeto y asombro.

La tarde fue distinta. Más lenta. Caminamos alrededor del Bósforo sin rumbo fijo, dejando que la ciudad marcara el paso. A ratos nos sentábamos, descansábamos, mirábamos el agua y luego retomábamos el camino, sin afán, como si Estambul nos estuviera enseñando a caminar a su ritmo.

En el camino tuvimos un gran problema. Así como nos pasó en París, teníamos que dejar el carro en otro aeropuerto desde donde salíamos. Grave error. El otro aeropuerto quedaba en el otro continente. Así parezca chiste, nosotros estábamos en Asia y el aeropuerto en Europa.

Nos tocó ir a entregar el carro, en el mismo lugar donde pensamos que nos iban a secuestrar. Al final fue fácil; creo que el carro lo recibió otro señor, y además era de día. Eso ayudaba bastante.

Ya de noche regresamos al hotel y salimos a cenar a un restaurante local. No lo hacíamos seguido, pero cuando se daba la oportunidad, la aprovechábamos.

El lugar era sencillo, sin pretensiones. Pedimos carne, pollo y un acompañamiento que se untaba con yogur sin azúcar.

La comida no era buena. Sandra dejó casi todo; yo me comí lo más rico y lo otro lo dejé. Pero, como dije en la historia de La Garriga, en la mesa no se deja comida.

Así que Piyin hizo una bola con toda la comida, todo combinado. Eso no se veía rico —ni sabía—, pero de un par de cucharadas se lo comió.

No fue lo mejor del día, pero también eso hacía parte del viaje: probar, acertar… y a veces no tanto.

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