Día 15
Goreme, Ortahisar, Salt lake- Turquía
Este día empezó a las 6:00 a. m. Nos recogieron en el hotel para llevarnos al punto de despegue de los globos.
Globos en Capadoccia
Nos tocó subir a una canasta gigante, con capacidad para unas 36 personas. Cada compartimento era para cuatro, y a nosotros nos tocó compartir con una señora bastante corpulenta, poco agradable para Sandra, sobre todo porque durante todo el vuelo insistía —una y otra vez— en que le tomáramos fotos. Fotos que, claramente, no pudieron ser para Sandra por culpa de esa persona.
El vuelo duró aproximadamente una hora, pero el momento más mágico llegó cuando salió el sol. Un naranja intenso empezó a teñir las nubes y el paisaje se abrió frente a nosotros: montañas, valles y cielo en una combinación perfecta que justificaba cada kilómetro recorrido hasta allí.
Al final del recorrido, la canasta empezó a descender y aterrizamos de golpe en un campo que parecía de fresas.
Ya en tierra firme hicimos un brindis con champaña y nos entregaron nuestro certificado de vuelo. Luego regresamos al hotel para descansar un poco y hacer el check-out.
Como todo en este viaje era bastante improvisado, encontramos tres lugares para visitar antes de salir de Capadocia:
El castillo de Ortahisar.
La ciudad subterránea de Derinkuyu.
Un lago de sal, que en ese momento estaba seco.
Nuestra primera parada fue el castillo de Ortahisar, una construcción rústica y alta, ubicada en un pueblo cercano a Göreme. Desde la terraza se tenía una vista amplia del valle y, justo en ese momento, empezaron a sonar las sirenas de llamado a la oración.
Al ser un pueblo musulmán, tienen horarios específicos para rezar en las mezquitas. Coincidimos, además, con el velorio de una persona: lo estaban despidiendo en plena calle, algo que nos dejó bastante pensativos.
En una de esas caminadas sale Piyin con uno de sus chistes, diciendo que no estaban llamando a oración, sino que estaban haciendo promociones en el mercado. Nosotros le dijimos que respetara, que era la oración de ellos.
Pues se puso a traducir y, efectivamente, eran las promociones del día. Decía: “papa a dos mil”.
No pudimos más de la risa.
La segunda parada fue la ciudad subterránea de Derinkuyu. El camino hasta allá fue más difícil: carreteras de piedra y tramos donde nos cruzábamos con camiones enormes, muy industriales.
Al llegar, el pueblo se veía decaído, casi como un lugar golpeado por la guerra: casas abandonadas y niños jugando en la calle.
Pagamos el boleto y entramos. La sensación era extraña: pasadizos amplios en algunos puntos y, en otros, tan estrechos que apenas cabía una persona.
Nos explicaron que estas ciudades fueron construidas para esconderse durante las guerras, como refugio frente a invasiones.
Al salir nos encontramos con un guía que hablaba español. Resultó que había vivido un par de años en Medellín y, como buen latino adoptado, tenía una pequeña tusa amorosa.
Nos contó que había salido con una mujer que era hermana de un famoso que se dedica a contar chismes —Carlos, creo que se llamaba—.
El mundo definitivamente es más pequeño de lo que parece.
Eran alrededor de las 4:00 p. m. y decidimos emprender camino hacia Estambul. Sabíamos que nos tocaba manejar toda la noche y buscar algún sitio donde dormir.
La tercera y última parada fue el lago de sal. Llegamos justo cuando el sol empezaba a caer.
Desde lejos parecía completamente seco y casi no paramos, pero al bajarnos fue todo un espectáculo: pequeños charcos que reflejaban el cielo, la inmensidad del terreno blanco y un atardecer que lo hacía ver infinito.
Compramos un par de botellas de agua, porque ya no vendían comida, y retomamos carretera.
El camino que nos esperaba era largo. Acordamos hacer una parada para descansar, con la idea —algo extraña— de conocer un barrio fantasma.
No teníamos comida y, para ser sinceros, Turquía no se caracterizó por tener muchos sitios fáciles para comer en carretera.
Finalmente encontramos una estación de servicio y, un poco más adelante, parqueamos el carro e intentamos dormir unas horas antes de continuar.