Día 28
Londres - Inglaterra
Dormimos en el aeropuerto más de seis horas mientras amanecía. El cansancio ya no se medía en horas, sino en traslados.
Una desafortunada estafa
Cuando dieron las seis de la mañana, buscamos el metro para llegar al centro de Londres, pero no lo encontramos. Tocó bus.
Al llegar, fuimos directo a un McDonald’s. Necesitábamos sentarnos, comer algo y esperar a que llegara una amiga: Sandra, “Samy”, la misma que habíamos encontrado en Barcelona.
Desayunamos sin prisa, como si ese lugar fuera una pausa segura después de tantas noches rotas.
Cuando terminamos, salimos a caminar hacia el Palacio de Buckingham, que quedaba cerca. Todo parecía normal. Demasiado normal.
En el camino, un muchacho de unos treinta años se nos acercó. Preguntó si sabíamos dónde quedaba “Buckingham”. Inocentemente, le dijimos que íbamos para allá.
Dijo ser de Budapest y, como si fuera un gesto casual, me puso la mano en el hombro. Seguimos caminando.
Unos metros más adelante, aparecieron dos hombres altos. Hablaban un inglés difícil de entender y dijeron ser policías encubiertos.
No dijimos nada. Nos pidieron los pasaportes y, sin pensarlo, se los entregamos.
De un momento a otro, uno de ellos empezó a gritar, señalando al muchacho que acabábamos de conocer, diciendo que era un estafador, que se dedicaba a cambiar billetes falsos y entregarlos a turistas.
La escena se volvió confusa. Hubo forcejeo. Le quitaron la billetera al supuesto estafador y luego nos pidieron las nuestras.
Yo no tenía dinero. Piyin tampoco. Sandra sí.
En segundos, uno de ellos le sacó parte del dinero.
Ahí todo cambió.
Piyin empezó a gritar:
—¡Ladrón!
Los dos hombres se asustaron y salieron corriendo.
Sin pensarlo, salimos detrás de ellos. Era absurdo: nosotros con maletas, persiguiendo a dos tipos corpulentos por una calle principal, mientras la gente nos miraba sin entender nada.
Uno se fue por un lado con Sandra. El otro, con Piyin y conmigo.
Negaba todo. Juraba que no había hecho nada. Incluso llamó a su esposa para que hablara con nosotros. Decía que tenía hijos, que no lo acusáramos con la policía.
En medio del caos, un señor muy británico salió de un café, observó la escena y llamó a la policía.
En cuestión de minutos llegó una patrulla y se los llevaron.
Nos llevaron a una sala dentro de un hotel cercano. Sandra tuvo que testificar y poner la denuncia. Al final, no encontraron el dinero. Al parecer, se lo había llevado el otro cómplice.
Después de todo, salimos de ahí agotados, todavía en shock.
Nos encontramos con la otra amiga y seguimos con el plan: buscar alojamiento.
El viaje continuaba, pero Londres ya nos había mostrado su cara menos amable.
Alquilamos un Airbnb y, por fin, dejamos las maletas en un lugar fijo. El cuerpo lo agradeció.
Después de todo lo vivido, salir a caminar sin prisa se sentía casi como un lujo.
Fuimos a conocer el Tower Bridge y parte del centro. Londres se mostraba imponente, ordenada, llena de historia.
Caminar por sus calles fue una forma silenciosa de bajar las revoluciones, de recuperar el ritmo después del caos.
No fue un día de grandes eventos, pero sí de calma. Y, en ese momento del viaje, eso era exactamente lo que necesitábamos.
Comimos pollo asado, sencillo, como de barrio. Nada elegante, pero justo lo que necesitábamos para cerrar el día con algo familiar.